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lunes, 18 de noviembre de 2013

Tres microrrelatos para El coloquio de los perros



Portada de la revista de Antonio Gómez Ribelles


Participo en el nº 32 de la revista digital El coloquio de los perros con 3 microrrelatos. Un verdadero lujo. 

Enlace de la revista: http://elcoloquiodelosperros.net/


Las palabras terribles
Creo que es uno de los mejores relatos que he escrito.

Mis papás se conocieron en una fábrica de palabras. Papá las combinaba en sus artículos. Mamá trabajaba en su edición. Juntos conjugaron verbos y declinaron sustantivos a la medida de sus sueños libertarios. Un día que repasaban los significados de “amarse”, me colé entre ellos y mamá anunció que estaba embarazada.
Eran tiempos convulsos. No sé si por culpa de las ideas o de la codicia del cobre.
Cuando los desaparecieron los hombres de gris, mis papás experimentaron palabras terribles que ningún hombre debería conocer. Mamá aprendió una de la que no regresó. Y me llevó con ella. Fue por eso que nunca llegué a nacer y que durante más de treinta años sólo fui una pregunta, una exigencia inútil en los ojos sin lágrimas de las madres de éstos que nunca pudieron ser mis papás.

El coloquio de los perros nº 32

Mis deseos de cumpleaños

Sólo a las chicas guapas y a los hermanos que se las presentaban, invitaba mamá a mis fiestas de cumpleaños en el jardín del chalet de Somosierra: niñas bien, hermanas bien, de clase bien, escogidas por mamá para mi bien. Ella, encantada y las mamás de las niñas, más.
Mi familia era perfecta, nuestros negocios, solventes y nuestra reputación,  impecable. Siempre fui un partidazo.
Y yo me recuerdo cada verano, a punto de soplar las velas de la tarta, pidiendo que para mi próximo cumpleaños volviera a mi fiesta Carlos Nuñez, aquel hermano bien, de clase bien que me hacía aquellas cosas que estaban aún mejor.

El coloquio de los perros


Instantánea de la soledad


Seguimos sin hablarnos. Todas las mañanas ella me sirve su silencio en taza de porcelana. Yo la bebo a pequeños sorbos para degustar el sabor amargo que me deja en los labios. Añoro las palabras que no volverá a decirme. Me complazco en la pena, recordando la caricia de sus ojos cuando se posaban en los míos.
Las paredes de la casa, cada vez más pequeñas, parecen ir alejándose lentamente y yo me voy haciendo más pequeño, más insignificante.
A veces ella pasa de largo como un susurro, sin mirarme, sin verme, que es aún más doloroso. Yo me rindo a su presencia ausente antes de que finalmente este madero al que me aferro termine de escurrirse entre mis dedos.
Pregunto aunque no entiendo. Ya no te quiero, dice. Y esas cuatro palabras dan vida a este naufragio. 




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