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lunes, 15 de septiembre de 2014

Tres sonetos




 Tres poemas con varios años a cuestas, tantos que se remontan al año 2000. Tres poemas en los que jugué a seguir las reglas clásicas de los poemas de amor. En el tema. Y en las formas.
 

Del amor ausente

                    
   Por anunciarte a voces mi existencia
nada delatará que me consumo,
que de mi amor la llama se torna humo,
sepulta en las cenizas de la ausencia.

   Te alcanzaré en un guiño de amapola,
tal vez en el temblor de una candela,
en forma de paloma que a ti vuela
sutil, como un rumor de caracola.

   No seré nunca tronco, ni raíces,
ni lava, ni volcán, ni ardiente brasa
que cincele en tu vientre cicatrices.

   Seré sombra fugaz que por ti pasa,
pasión atemperada en mil matices,
nunca el fuego voraz que tu alma abrasa.


Del amor no desvelado

                                                     
                                            XXXVIII
                                                 Los suspiros son aire y van al aire
                                                 Las lágrimas son agua y van al mar.
                                                 Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
                                                 ¿Sabes tú dónde va?
                                                                                        Gustavo Adolfo Bécquer 

   Me culebrea la sien un pensamiento
en el que sin cesar vuelco cada hora,
tornándolo en serpiente que devora
mi calma, mis sentidos y mi aliento.

   Por más que pienso y siento yo no hallo
antídoto que sirva a este veneno,
a esta nación de sierpes que, en mi seno,
convierte mi vivir en un desmayo.

   ¿Qué importa, dime, cuál es el destino
de aquel amor que terminó olvidado,
después de haber andado su camino?

   La ponzoña que pudre mi costado
es no poder virar el triste sino
de esta pasión que nunca he desvelado.


  

Del amor prohibido


   ¿Qué amor es éste que me obliga a amarte
sin que un latido al corazón delate
que mi razón y voluntad abate
por contemplar tus ojos sin mirarte?

   ¿Por qué tu rostro se me antoja escrito
de mi alma en cada estancia y alacena?
Lastrado como un reo por su cadena,
no sé librarme de este amor proscrito.

   ¿Habré de bendecir yo a la fortuna,
que me obliga en tinieblas a quererte,
suspensa de los brillos de la luna?

  Maldigo sin temor la mala suerte
que condenó a mi amor desde su cuna
a mantenerse oculto hasta mi muerte.

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