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domingo, 2 de noviembre de 2014

Como en un cuento de Espido Freire




La tarde en que fue a la biblioteca a renovar el préstamo, la mujer abrió un libro de la estantería que llevaba por título Cuentos Malvados y comenzó a leer un relato de Espido Freire.
Coincidió que, al igual que en el relato, a su ciudad había llegado también un cantante de ojos divinos. Y como había hecho la protagonista, la mujer decidió que debía seguirlo. Por eso acudió al concierto. Y le arrojó una carta que, a diferencia de lo ocurrido en la ficción, él nunca se molestó en leer.
A partir de este punto, la historia resultó bien diferente a la que había encontrado en el cuento malvado: el cantante y ella no concertaron ninguna cita. No charlaron. Y no pasaron la noche en ningún hotel.
Por eso, porque nada pasó,  no se despidieron con pena al llegar la mañana. Ni él, el cantante de los ojos divinos, le dedicó una canción a ella, que no estaba casada ni habría de estarlo nunca.
La historia sólo volvió a coincidir con el relato de aquel libro en la última de sus líneas. Puesto que tristemente nada había sucedido, ella, como la protagonista,  “nunca pudo contárselo a nadie”


 



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