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martes, 24 de febrero de 2015

El otro abismo



Dice el diccionario de la Real Academia que el término abismo procede del griego “abyssos” y significa “sin fondo”. Lo leo y en silencio me repito “sin fondo” y pienso que he dado con la palabra precisa, la que busco cuando el suelo se abre a mis pies.

También dice el diccionario que un abismo es una profundidad grande, imponente y peligrosa, como la de los mares, la de un tajo o la de una sima. 

Sonrío ante la exactitud de esas palabras. Porque yo sé que se trata de un abismo, aunque el mío no sea como los mares, los tajos ni las simas.

Entonces aparece una nueva definición que lo describe como algo inmenso, insondable e incomprensible. Y así es, como tú ya sabes, aunque nunca te lo haya contado.

Trato de recordar los abismos que existen y pienso en los marinos y en los oceánicos, los geológicos y los siderales, los primigenios. Los insondables, los peligrosos, los ideológicos. Los terribles abismos del averno y de la desesperación. También en los abismos de la pasión. Pero ni esos bastan.

Hay otro abismo, uno que ningún diccionario, ni aún el de la Real Academia, ha sabido recoger. Comienza en el lóbulo de mi oreja cuando tú lo cercas con los labios.  

Su extensión es mucho más grande.

Su profundidad más insondable. 

Y, sin lugar a dudas, es un abismo infinitamente más peligroso.






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